lunes, 29 de diciembre de 2008

Balas y cápsulas bicolores


En estos días estivales donde el calor parece que nos ahogue el alma, me encuentro pensando en como los muros físicos de algunos psiquiátricos acabaron mutando en camisas de fuerza químicas. Los espectaculares avances de la psicofarmacología moderna permitieron romper las paredes de las grandes instituciones psiquiátricas de los años 50, tan bien dibujadas en novelas como Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena o Concierto para instrumentos desafinados de Vallejo-Nágera. Esta inserción de los mal llamados enfermos mentales en la sociedad es, sin duda, un signo de mejora al permitir salir a estos sujetos de los micromundos que habitaban. Ahora, esta migración no fue gratuita, para que estos seres no resultaran peligrosos para la sociedad se les administran fármacos milagrosos que permiten acallar los delirios e inhibir los poco frecuentes brotes agresivos.  Poco a poco esta práctica dispensatoria ha ido popularizándose hasta el punto de que los antidepresivos y ansiolíticos han pasado a formar parte de un objeto más de consumo. Un fenómeno como dice J.Subirats de consumismo adictivo. La díada consumo y adicción se convierten, hoy más que nunca, en una pareja inseparable de nefastas consecuencias para el sujeto, pero de pingües beneficios para las compañías.
 
De muros externos al sujeto que separan, aislan y trazan una frontera clara entre el "estar dentro y estar fuera", a muros internos que muchas veces aislan frases que de ser formuladas cambiarían la vida de esos sujetos. La muralla que separa un psiquiátrico del exterior es un elemento externo que se puede sortear, algunos la saltan, otros excavan túneles por debajo, otros deciden adaptar su conducta a las pautas de los sistemas motivacionales del centro y así conseguir permisos, etc. Mas, ¿cómo burlar una muralla química que se haya en mi interior y de la que no conozco ni el lugar ni las dimensiones?.
 
Esto no implica que el uso de psicofármacos no pueda ser usado cuando convenga, algunos pacientes aquejados de tanta ansiedad que no pueden siquiera pronunciar una palabra, seguro que se benefician de la propuesta farmacológica. Aquellos que no logran levantarse de la cama por una melancolía de caballo, los antidepresivos le pueden dar fuerzas para alcanzar la consulta de un analista. Pero debe ser precisamente esa la función: permitir la palabra. No taponar el síntoma como si de un error del sistema se tratara.
 
Algún viejo profesor de historia me explicaba que las guerras son el mayor negocio para muchos, yo pensaba que debía ser cierto por el número de balas que se consumen. Ahora creo que junto a las balas se unieron las cápsulas bicolores, las primeras roban la vida y las segundas, con la fantasía de aliviar el sufrimiento, hipotecan el camino del saber.
 
L'Hospitalet de Llobregat, 5 de agosto de 2008
 
 

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