viernes, 23 de noviembre de 2007

El gajo de la naranja


“Amor es, en consecuencia, el nombre para el deseo y persecución de esa integridad” Platón


¿Quién no se ha creído alguna vez hijo del mito de Aristófanes1 y fiel buscador de su media naranja en el mundo? Es normal conducirse por la vida como un alma en el purgatorio cuya única meta es buscar a aquel otro u otra que le complete. Y aún llevando una feliz y dichosa relación de pareja, aparece la pregunta incombustible de ¿y si él o ella no fueran realmente mi media naranja? ¿y si alguien hubiera colocado en el mundo a mi alma gemela y yo estuviera perdiendo el tiempo con este hombre o mujer, en el mejor de los casos?.
La realidad cotidiana nos devuelve continuamente la idea de que la media naranja parece no existir, pero algo en el sujeto se resiste a creerlo: esta relación no funcionó, porque en verdad no era mi hombre o mujer... Qué vanidoso es el ser humano que cree que le “toca” la posesión de otro ser.
Lamento comunicarles, queridos lectores, que creer en la media naranja pertenece al mundo de lo mítico. ¿Creen que la Tierra es el centro del Universo?, ¿creen que si empezamos a cavar en el jardín de nuestra casa llegaremos a las puertas del Infierno? ¿ creen que descendemos de Adán y Eva?. Si tuvieran respuestas afirmativas a estas preguntas, no les animaría a seguir leyendo, pero si tienen respuestas opuestas, ¿por qué creer en la media naranja?.
El sentimiento de carencia en el ser humano es estructural y fundante de su psiquismo, sentirse castrado de algo que se desconoce es normal y tiene varias maneras de ser resuelto. Una sería la anterior que hemos propuesto: buscar la otra mitad y creer que ese otro u otra me completará. Luego la realidad, así como el complejo de castración, demuestran que nada es todo.
De la búsqueda de completud no se puede escapar, pero como sé que resulta muy duro desterrar un mito tan arraigado como el de Aristófanes, les propongo que se contenten gajos de la naranja, una naranja que nunca estará completa, entre otras razones porque nunca podrán volver a los brazos de su mamá donde allí sí que sentían que lo tenían TODO.
Concebir al Otro como gajo implica por un lado, un acercamiento al mundo de los humanos, un mundo dónde no hay gajos imprescindibles, sino sustituibles. Y por otro lado, aceptar que yo también soy un gajo para el otro u otra. Algo parcial para su vida, que en ningún caso será esférica ni cíclica, sino fragmentada y guiada por la trayectoria de su deseo.

Mayo 2006
1 “El Banquete” de Platón

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